Barcelona ganó por vez número 29 la liga española, pero durante los festejos los focos se los llevó Lamine Yamal, quien agarró una bandera de Palestina del público y la flameó arriba del micro descapotable. La imagen dio vueltas al mundo: en Gaza lo homenajearon retratándolo en los escombros de una casa bombardeada, en Israel lo vapulearon y hasta fue atacado por el Ministro de Defensa, Israel Katz, quien se expresó a través de X: “Lamine Yamal eligió incitar contra Israel y fomentar el odio mientras nuestros soldados combaten a la organización terrorista Hamas”. Pedro Sánchez, presidente de España, también se pronunció al respecto: “Quienes consideran que ondear la bandera de un Estado es ‘incitar al odio’, o han perdido el juicio o han sido cegados por su propia ignominia”.
Oriundo de las calles de Rocafonda, un barrio obrero y de cultura heterogénea ubicado en Mataró —sexto municipio más poblado de Barcelona—, Lamine Yamal se ha encargado en varias ocasiones de dejar en claro lo que piensa. El 304 como celebración, en alusión a los últimos tres números del código postal de su lugar de nacimiento, ha sido una reivindicación en contra de VOX, el partido de ultraderecha español que calificó al lugar como “un estercolero multicultural”. Ante el canto de “el que no salta es musulmán”, durante el último amistoso de España antes del Mundial, el crack de la Masia respondió por Instagram: “Los cánticos son de personas ignorantes y racistas”. Y reafirmó: “Soy musulmán, alhamdulillah” (Alabado sea Dios).
Nacido un 13 de julio, al igual que Julio César, emperador romano y uno de los políticos más destacados de todos los tiempos, Lamine ha roto el molde del jugador de fútbol sumiso que predomina entre los de su generación: de casa a entrenar y de entrenar a casa. En el medio, solo acciones publicitarias, entrevistas con centros a la cabeza y apariciones en redes sociales. Disruptivo, contestatario y por momentos hasta insolente, el joven maravilla ha aprovechado varios momentos de su carrera para decir lo que piensa. Incluso cuando eso significó ponerse en contra a los propios, como sucedió con su entrenador Hansi Flick, quien declaró tras el “incidente” en el micro: “Es algo que no me suele gustar, he hablado con él y si hace eso es su decisión”. Para finalizar, agregó: “Lo que la gente espera de nosotros es ver nuestro rendimiento en la cancha”.
¿Quién puede recriminarle a Yamal, el jugador más talentoso del mundo —con el perdón de Messi— y de los más completos a nivel ofensivo, lo que hace dentro del terreno de juego? Dando vuelta el cuestionamiento, ¿cuántos se han puesto a pensar lo que hacen por fuera? Como si fueran alienígenas, o superhombres, los protagonistas del fútbol, inundados de miles y miles de dólares, euros o libras, abandonan las disputas políticas, generalmente llevadas a cabo por las clases sociales a las que pertenecían cuando nacieron, con tal de no “meterse en problemas”. Los ejemplos de colegas u otros deportistas que han elegido levantar la voz, como Victor Wembanyama en el básquet o Novak Djokovic en el tenis, solo los exponen más y más.
Pese a que a muchos no les guste, incluso aunque a otros los haga enojar y repetir frases sin sentido, como “dejen de politizar el fútbol” o “dedíquense a jugar a la pelota”, lo cierto es que el deporte rey del planeta, en el que viven 7000 millones de personas, atraviesa todas las dimensiones posibles. ¿Es un espectáculo? Sí. ¿Es una distracción? También. ¿Funciona como circo en la máxima sociopolítica entendida como “pan y circo”? Claro que sí. Miles de preguntas de este estilo podrían recibir respuestas afirmativas, porque 22 tipos corriendo atrás de un pedazo de cuero han logrado trascender las canchas delimitadas por cuatro líneas de cal.
Los clubes argentinos, muchos creados por comunidades inmigrantes llegadas a principios del siglo pasado, son consecuencia de la política. Celtic, que conquistó su 56° liga de Escocia en los últimos días, jugando con una bandera de Irlanda ondeando en su estadio, también lo es. Salazar, dictador portugués que gobernó durante más de 30 años, impidiendo la salida de Eusebio del Benfica hhacia otros grandes equipos, es otro ejemplo. Para disgusto de varios, y con el esfuerzo en vano de otros tantos, la política y el fútbol son asuntos inseparables.
Sin embargo, con el paso del tiempo, el mundo ha ido aprendiendo a domesticar a sus mascotas deportivas. Los bozales, construidos con billetes, amenazas, sanciones o cualquier otro artilugio que pueda amedrentar el pensamiento crítico de algún protagonista histriónico, alcanzaron también para domar a los que vinieron luego. Los Maradona de la vida han sido hostigados (como con aquel doping en USA 1994) por los que perpetran el status quo hasta que renunciaran a sus quejas, ya sea por falta de voluntad, por el desgaste de tantos años, o por la muerte misma. El señalamiento al que cuestiona, al que repiensa, al que invita a la reflexión significó, y significa, que los demás ni siquiera hagan el intento de pensar, por ejemplo: ¿por qué Estados Unidos organiza un Mundial mientras lleva adelante una guerra en Medio Oriente?